24 septiembre 2020

Foto: LaBioguía

La vez pasada les platicaba sobre como revisando el de feed de Google me encontré con una nota periodística que ponía sobre la mesa un estudio de la Universidad John Hopkins que la búsqueda en internet mas popular en el mencionado buscador en los últimos meses ha sido la palabra ansiedad, y pues una de dos: o ha surgido un interés súbito por los Trastornos del estado de ánimo ó en general el Trastorno de ansiedad generalizada ha “visitado” a mas personas a raíz de la crisis de salud derivada del surgimiento de la pandemia de la COVID 19.

Nos dimos a la tarea de hablar del caso de la señora Ana María y la manera en que mediante determinados síntomas que la llevaron a pensar que estaba teniendo un infarto, terminó en un consultorio en el cuál recibió la noticia mas inesperada: padece ansiedad.

Fueron los síntomas mas “escandalosos” los que la llevaron a tomar la decisión de visitar a un médico; sin embargo, hubo una serie de síntomas más “normalizados” en la cultura que fueron “olímpicamente” ignorados.

En general la gente pasa por alto muchos síntomas que nos van dando indicios que el cuadro clínico de la ansiedad se está manifestando, es hasta que algo en verdad resulta preocupante cuando buscan la opinión de algún profesional y se vienen enterando.

Carlos es un joven con treinta años cumplidos; él procede de la periferia de la ciudad, no voy a caer en la inocentada de proporcionar datos geográficos, lo dejaremos así, y la verdad es que no tiene una historia de pobreza y marginación. Digamos que su mayor problema es que todo le quedaba lejos, pero fuera de eso, accedió a la educación superior, titulándose como ingeniero civil a los veinticuatro años.

A pesar de no haber padecido penurias económicas, desarrolló un complejo de inferioridad que se manifestó años adelante cuando conoció Camila, su actual pareja y concubina.

Camila ha tenido una situación privilegiada: escuelas privadas, coche en la prepa, universidad de las caras, viajes, etcétera; sin embargo, es una persona sencilla y con los pies en la tierra, así que cuando conoció a Carlos no pasó mucho tiempo antes de que se enamorara de él.

Ella empezó a notar ciertas “peculiaridades” de su novio con el que ya vivía cuando en alguna ocasión, justo con el motivo de que acababan de rentar un departamento en una zona bastante gentrificada de la ciudad, tenían que ir a Home Depot.

Ella le propuso ir al de San Jerónimo y que después de comprar lo que sea que necesitaban localizaran cierto restaurante de comida Asiática en el Pedregal y comieran ahí. La reacción de Carlos fue la de increparla por no querer ir a un Home Depot de alguna zona mas popular, la acusó de clasista y de pensar que la gente que acude al Home Depot de San Jerónimo es superior; la chava lo ignoró y finalmente siguieron el plan trazado originalmente.

Esta escena se convirtió en parte cotidiana de la relación; básicamente si no comían suadero afuera de un metro o garnachas en la calle, el Ingeniero Carlos se sentía incómodo. Acuñó frases memorables como aquella vez que dijo que a equis restaurante de cortes de carne de res asistía puro mamón.

La situación era medio desgastante para su novia, pero optaba por señalarle que tenía “pedos”, que debía tomar terapia. Por ejemplo, en lo del restaurante de carnes, le comentó que justo ahí se había encontrado a su mamá y a su papá. Tremendo periodicazo en el hocico.

Su situación laboral era destacada para su corta carrera: percibía un salario elevado, tenía gente a su cargo, trabajaba en un sitio bonito de un despacho en Polanco… pero estaba profundamente insatisfecho, no pasaba del «mis jefes son unos mamones» (a pesar de que le habían dado todas las oportunidades del mundo para que progresara dentro de la empresa), al «no tengo nada propio y ya tengo treinta», o al «hoy llovió, voy a estar de malas todo el día».

Es decir, prácticamente cualquier evento externo era suficiente para desestructurarlo, pensar en un día de estabilidad emocional era una auténtica fantasía. Él no notaba nada de esto y si su novia le hacía alguna observación la descalificaba “Ad hóminem”, le parecía que alguien que había tenido una vida tan resuelta se debería quedar callada, con qué calidad moral argumentaría alguien que tuvo coche a los dieciséis.

Llega la pandemia y se ven ambos conviviendo veinticuatro horas al día, porque en el despacho de Carlos hubo tres casos casi de inmediato, así que lo mandaron a hacer home office.

Ahí Camila atestiguó como se fue terminando de desestructurar su novio. Comenzó por dejar de bañarse, se alimentaba de sándwiches y quesadillas,  acumulaba basura que se suponía él debía desechar, estaba de mal humor casi todo el día y exageraba cualquier asunto. Camila le empezó a advertir que ya no lo aguantaba, que era claro que tenía problemas que eran su responsabilidad, que hiciera algo. Él afirmaba que hacía lo que podía.

El home office del ingeniero era parcial, porque en el asunto de la ingeniería hay cierta tramitología indispensable a la hora de hablar de trabajar en la obra, por lo que no podía evitar asistir a determinada dependencia, a determinado banco a cumplimentar ciertos asuntos mandatorios.

La cosa se puso mas fea cuando un día le llamó a su novia llorando desde algún lugar en la calle; le dijo que es un perdedor, que se sentía muy mal, que no podía respirar bien, que seguramente tenía Covid.

Camila, que ya se sabía de memoria los dramas, le dijo que tenía un ataque de pánico, que era ansiedad pura, que visitara a un psiquiatra, su buen seguro médico que le dieron sus “jefes mamones” le cubría esos gastos, y le pidió que googleara la palabra ansiedad, se lo pidió por favor.

Al colgar la llamada tanto Camila como Carlos en sus respectivos celulares googlearon: Ansiedad.

Carlos decidió ir a un consultorio genérico a pesar de haber leído en cinco o seis sitios serios la sintomatología del trastorno y comprobar que él portaba al menos siete de ellos, le recetaron pasiflora. Al verlo llegar con la pasiflora, Camila empacó algunas cosas y se fue del departamento.


Gabriel Zamora Paz es Psicólogo por la UABC, Maestro en epistemología y doctor en Psicoanálisis Lacaniano.

Cuenta con 20 años dedicado a la actividad clínica como psicoterapeuta primero, cómo psicoanalista desde hace 6 años y trabajó 6 años como académico en la UPN.

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