18 de mayo de 2021
La visceralidad como sistema de gobierno

La visceralidad como sistema de gobierno

Por Omar Jesús Gómez Graterol

El resentimiento, la rabia, el dolor, la frustración y la ira son malos consejeros porque impulsan al ser humano a tomar decisiones de las cuales suele acabar arrepintiéndose. Cegados por estas emociones, termina realizando acciones que con frecuencia se vuelven contra sí mismo. Si esta realidad es válida para un individuo se hace más grave y perjudicial en un colectivo.

El grueso de la población mexicana tiene legítimas, demostradas y numerosas razones para sentirse molesta con gran parte de las castas políticas que han gobernado esta nación con tanto potencial y riqueza.  Con los ingentes recursos existentes en el país no se justifican las groseras desigualdades que existen, entre élites de poder y fortuna, en relación a la ciudadanía en general.  Situación que se hace mucho más grave cuando cuantitativamente el primer grupo, que es menor al segundo, goza de mayores ventajas, privilegios e incluso impunidad.

Sin embargo, hay que entender que este malestar generalizado puede hacer a la gente vulnerable y altamente manipulable, afectando logros y ventajas que como sociedad democrática se han alcanzado.

México requiere cambios para incrementar el acceso a las oportunidades, así como a los bienes además de servicios, de todos los sectores de la población y especialmente de los más desfavorecidos. Cualquiera que se oponga a esta tesis simplemente está desconectado del contexto social, histórico, político, cultural y económico de la nación.

No obstante, esta transición debe hacerse cuidando la DEMOCRACIA y sus diferentes formas. No hacerlo, llevará a conflictos sociales indeseados.

En el contexto nacional e internacional, se puede observar como muchos jefes de gobierno han asumido posturas con tendencias autocráticas o dictatoriales y, con ello, no se hace referencia solamente a los primeros mandatarios sino también a los gobernadores y presidentes municipales -o sus equivalentes según cada país.

Lo que es más grave aún es que hay sectores crecientes de la población desencantada con el sistema de gobierno democrático que, actuando desde la visceralidad, distorsiona la concepción teórica de esta doctrina de regencia que defiende la soberanía del pueblo y el derecho de este último a elegir, así como controlar, a sus representantes.

Algunos gobernantes se han percatado de este descontento y han entendido que la inconformidad social se puede canalizar hacia sus propios fines de modo que, conduciéndola correctamente, resulta redituable.

Las masas populares actúan impulsivamente así que cuando se activa su energía, y son dirigidas a objetivos específicos, resultan avasallantes e incontenibles, por lo que muy pocas entidades o poderes tienen la capacidad de oponérseles, detenerlas o neutralizarlas cuando están en plena efervescencia.

De esta manera, resulta un recurso que si se sabe capitalizar producirá resultados que pueden responder a proyectos políticos pero no necesariamente al bienestar de la ciudadanía.

Con mayor frecuencia ciertos agentes sociales están recurriendo a la práctica de movilizar odios para alcanzar sus metas sin respetar la institucionalidad o sin actuar apegados al estado de derecho o justicia.  Lo anterior, recurriendo a fórmulas con apariencias o matices legítimos.

Por lo expuesto, todo habitante del territorio mexicano mayor de edad debe apostar porque las gestiones de los dirigentes en turno, con sus representaciones en los diferentes niveles de poder, sean exitosas y hagan bien su trabajo. Pero esto no los exime de vigilar y discutir sus políticas, pues sus consecuencias de manera directa o indirecta terminaran afectándolo.

En tal sentido, todos están en la obligación de llamar la atención o denunciar cualquier curso de acción que se tome y que perjudique injustamente a cualquier persona o segmento social, si es que se sale del marco de la legalidad.

En este contexto, hay que velar para que dentro de las instituciones del Estado exista autonomía para evitar desequilibrios que terminen en autocracias. Cuando se compromete la correlación de fuerzas y un solo individuo o entidad empieza a primar sobre las demás, convirtiéndose su voluntad en algo incuestionable, es factible que se produzcan atropellos y abusos en nombre de la legalidad.

Nunca se debe perder de vista que la venganza no es justicia y que el poder absoluto corrompe absolutamente.

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