21 de enero de 2021
Año nueva vida nueva

“En la histeria un rasgo estructural es la alienación subjetiva del sujeto con el deseo del Otro. Lo que el histérico busca constantemente es ser el objeto causa del deseo del Otro. La constante en la histeria es convertirse en aquel objeto que despierte el deseo del Otro”

Jacques Lacán

Año nuevo, vida nueva o del plato a la boca se cae la sopa

La noticia había cundido. Desde que la gente tiene cuenta en Facebook, nos enteramos en tiempo real de muchas cosas, algunas inocuas, otras del ámbito de lo privado, pero bueno, a la mayoría de los histéricos les es imposible definir qué externar y qué guardarse, es decir, qué se saca y qué se queda adentro.

El asunto en esta historia es que la mañana del 23 de diciembre nos despertamos los 453 contactos de Marcela con la noticia de que había cambiado de estado civil: pasó de comprometida a soltera.

Hay ciertas parejas que cada que se pelean hacen este performance de modificar el estatus de la relación y justo Marcela y Genaro eran una de estas parejas; en sus casi ocho años de relación habían terminado y regresado infinidad de veces, la cosa en esta ocasión es que la boda estaba planeada para el 30 de diciembre.

Yo, por ejemplo, ya hasta el regalo había comprado, lo bueno es que no tenía una parrilla eléctrica, así que si no se consumaba la unión, no tendría problema alguna en quedármela.

Tanto Marcela como Genaro eran mis amigos, pero para ser sincero, me llevaba mucho mejor con ella; Genaro me parecía un poco imbécil, siempre quería quedar bien, era el clásico güey que en las conferencias a las que asistíamos en la universidad decía, “yo más que una pregunta tengo un comentario” y soltaba una paparruchada propia de charla de bar.

También solía poner en sus estados de la ya mencionada red social frases de César Lozano; desde donde yo lo veo, para alguien que asistió a la universidad es una manera de demostrar que uno no se respeta a sí mismo.

La cosa con Marcela era muy diferente; era simpática y siempre fue una buena amiga, no solo mía, era su natural manera de ser.

Al enterarme de la separación no pude evitar pensar en que Marcela no descansaría hasta platicarme con lujo de detalle lo que sucedió entre ellos, y era algo que yo quería evitar a toda costa, la verdad es que ni necesitaba saber esos detalles, ni me interesaban en lo mas mínimo, así que me di a la tarea de hacerme el escurridizo.

“Tengo una cena”, “ya quedé con unos amigos”, “tengo una date”, “salgo de viaje pasado mañana y estoy atareadísimo”, así que entre que “son peras o son manzanas”, logré escabullirme por unos tres meses aproximadamente.

Un día que salí de trabajar como a las 10 de la noche, al llegar a casa vi un carro estacionado, hizo un cambio de luces. No atinaba con quién era hasta que se bajó del vehículo y ¡Oh, sorpresa! era Marcela y una bolsa con caguamas, de las llamadas caguamones, así que mi destino estaba sellado, ese día era la fecha en que sabría la historia de la ruptura del compromiso matrimonial entre Marcela y Genaro.

La invité a pasar a la casa, guardé en el refrigerador las caguamas y serví dos tarros, nos sentamos a la mesa y le dije sin mediar introducción: “desembucha”.

La idea del matrimonio entre estas dos personas fue porque Marcela lo fue insinuando a través del tiempo durante su noviazgo, finalmente hubo un momento en el que ambos habían conseguido empleos estables, se habían independizado de sus respectivos hogares y el comprometerse sonaba como el paso natural a dar, así que cierto día de primavera, rodilla al piso, Genaro le dio un anillo a Marcela y acordaron casarse el 30 de diciembre e irse de viaje de luna miel a la mañana siguiente.

Genaro siempre fue de esos tipos que buscan la aprobación de los demás, hacía esfuerzos un poco frenéticos por agradar; en el fondo la motivación que tuvo de pedirle matrimonio a su novia fue sentir que él era una especie de héroe romántico, un caballero chapado a la antigua, digamos que lo hizo mas por alimentar su frágil ego, que porque considerara que quería pasar la vida con Marcela.

El tiempo comenzó a transcurrir y Marcela empezó a hacer malabares con sus finanzas, una parte para sobrevivir y otra parte para la boda; Genaro también, aunque más obligado que por iniciativa. El ejemplo mas claro fue la compra de la lavadora, eligió el modelo más barato que -según los que saben de estos aparatos- le iba a dar un montón de problemas, en cambio lo que compraba Marcela siempre era o lo mas bonito o lo de mejor calidad. 

En ese trámite del compromiso se encontraban (comprando cosas para la nueva vida y para la boda), cuando Genaro recibió un ascenso en su trabajo y de sueldo; pasó a ganar el triple de un día al otro… bueno, de una quincena a la otra.

¿Qué es lo primero que hizo Genaro? ¡Comprarse la consola de videojuegos mas cara del mercado, una televisión digna de tal consola y un par de sillas que son diseñadas con el único propósito de mejorar la experiencia al jugar!

Marcela no dijo nada, pero no le gustó lo que vio; el asunto es que Genaro estaba convencido que su acto de “heroísmo de caballero andante” había terminado con la entrega del anillo y que con ir siguiendo el paso las cosas estaban bien, así que él no registró ningún tipo de contratiempo con su compra de 60 mil pesos en la víspera de la boda.

Toca el día que van a escoger los manteles y alguna que otra cosa para la modesta recepción que piensan ofrecer, entonces el presupuesto les da para escoger ciertos manteles, solo que a Marcela le gustaron unos digamos 20 por ciento mas costosos y le dijo a Genaro que ponga la diferencia, que no le parece justo que a partir de su aumento de sueldo no se haya comprometido más con los gastos de la boda.

Ante esto, Rogelio respondió sin recato alguno que ahora es un partidazo, y que seguramente habría una fila de mujeres casaderas esperando que ella deje su lugar disponible, que él mejor pensaría dos veces la actitud que toma respecto a todo esto y que no va a poner mas dinero para los manteles.

Marcela se quitó el anillo del dedo y lo lanzó a quién sabe donde; le dijo que lo deslindaba del compromiso. Tomó su celular y desde su perfil de Facebook cambió su estatus sentimental.

El asunto -me comentó- es que el viaje lo había pagado ella, un viaje para dos personas a uno de esos hoteles con todo incluido y para adultos que están en la Riviera Maya, y ella con su salario no se podía dar el lujo de cancelarlo, perderle dinero. Si no iba, se iba a quedar todo el año sin viajar, así que nunca se planteó la situación de no ir.

Llegó el 31 de diciembre y Marcela estaba el aeropuerto con el “outfit” que había comprado para este vuelo; llegó a Cancún y un transporte especial la llevó al hotel, le dieron la llave de la suite nupcial. Pasó el día en una de las piscinas, comió en el restaurante de comida mediterránea y después se fue a uno de los bares a beber unos cócteles.

A eso de las siete de la tarde subió a su habitación, tomó un baño en el jacuzzi, se puso un vestido que había comprado para la ocasión y bajó al restaurante donde sería la fiesta de Año Nuevo para los huéspedes que así lo desearan.

La acomodaron en su mesa para dos, sobre la mesa había unos gorritos, lentes graciosos, bolsas con confeti, junto a la mesa una hielera con una botella de champaña.

Llegó el momento estelar de la noche: diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡Feliz año! Grita el cantante del grupo versátil que ambienta la fiesta.

Comenzó a sonar, “yo no olvido a año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas…”, sirvieron la cena, ella cenó y al terminar subió a descansar a la suite nupcial. Ya habrá mejores años, pero nunca un peor novio.

*Los nombres y algunas situaciones se modificaron para protege la identidad y privacidad de los involucrados.

*Las ideas contenidas en este texto son responsabilidad de su autor y no reflejan la postura de News Report MX

Gabriel Zamora Paz (@DrGabbo) es Psicólogo por la UABC, Maestro en epistemología y doctor en Psicoanálisis Lacaniano.

Cuenta con 20 años dedicado a la actividad clínica como psicoterapeuta primero, cómo psicoanalista desde hace 6 años y trabajó 6 años como académico en la UPN.

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