12 de abril de 2021
Entre más corriente, más ambiente

Entre más corriente, más ambiente

De una herida lo importante es la cicatriz. Lo pasado ya ha acontecido, pero los efectos que estos acontecimientos dejan en nosotros van a provocar que pensemos y nos comportemos de determinada manera. 

Jacques Lacán.

Entre más corriente, más ambiente

1.

Georgina es una chava en sus treintas; 31, 32, calculo yo. Originaria del mismísimo corazón de Villa Coapa, ya saben lo que dice el cliché, «te puedes salir de Coapa, pero Coapa nunca se sale de ti». En su temprana juventud estudió en la Prepa 5 y posteriormente, contabilidad en la UVM plantel Tlalpan.

Físicamente es pequeña, 1.50 de estatura, de tez blanca y cabello rubio con la magia de los tintes y del salón de belleza. Desconozco el cómo y el cuándo, pero heredó cuatro edificios de apartamentos y vive de sus rentas. Dejó su natal Coapa para instalarse en uno de sus departamentos en la colonia Paseos de Churubusco.

Es una persona llena de manías, de peculiaridades, de esas que hacen que una persona sea un personaje cuasi ficcional. Por ejemplo, iba al Liverpool que estaba atrás de su hogar y compraba siete pantalones marca Levi´s de color idéntico, a veces metía en aprietos a las vendedoras porque  había seis, pero ella quería llevar siete.

Con el tiempo lo resolvió avisando un par de días antes que iría por su dotación de vaqueros. Después de comprarlos, los alineaba todos, perfectamente doblados, en el sillón blanco de la sala de su casa, dejaba de una manera muy cuidadosa alguna bolsa de Liverpool acomodada para que pareciera que no la puso ahí, que fue un error, les hacía una foto y la subía a Instagram con algún pie de foto pasivo/agresivo.

Opción 1. No sé cómo alguien puede usar un pantalón después de ponérselo diez veces. Aquí resurtiendo.

Opción 2. Pensar que hay gente que llega a usar un pantalón dos veces en una semana, se les dice puercos.

En el edificio en el cual vivía ella, tenía dos lugares de estacionamiento, los dos eran aprovechados, tenía dos coches, un Audi A6 del año anterior y un Mercedes Benz GLE.  No es que yo sepa mucho de coches, la mera verdad, el asunto es que Georgina, que se hacía llamar Gigi, se refería a cada uno de sus coches como el Audi o el Mercedes, y a la menor provocación hablaba del modelo del coche.

-Vamos al Oxxo, gallo, pero nos vamos en el Audi.

Otra peculiaridad de Gigi es que mentía mucho; tanto, que era difícil saber si lo que estaba hablando era real o no. Se inventaba novios, pretendientes, sugars, siempre le pedía a la gente que mintiera por ella, en cosas francamente infantiles.

-Vamos a decirle al mesero que me llamo Rebeca y que soy Ingeniera en sistemas.

Algunas veces hablaba por teléfono con algún novio y simplemente decía que había comido otra cosa diferente a la que comió, o estaba en Sears y decía que estaba en Suburbia, en determinado momento jamás decía una sola cosa cierta.

2.

María José era una chava en sus treintas; también tendría 31 años aproximadamente, de un nivel socioeconómico muy diferente al de Gigi. Ésta había estado casada con un rejoneador, se divorció de él y volvió a vivir a la casa de sus papás en la Colonia Moctezuma, un barrio más bien popular. Tenía dos hijos en la primaria, una niña y un niño y trabajaba como secretaria en un laboratorio en Tacubaya.

Físicamente se trataba de una chava alta de pelo muy chino y abultado, delgada, rayando en lo flaca, de carácter liviano y muy sonriente.

Creo que se debe haber casado muy joven, ella platicaba que su esposo era estricto con ella y sus hijos, de una cultura machista del tamaño de una catedral, así que después del divorcio, estaba -como quien dice- desatada.

Encontró en Gigi la mancuerna ideal, al vivir en casa de sus padres, éstos le cuidaban a los niños si ella salía por la noche, ya no eran niños pequeños, así que no había resistencia de los abuelos a quedarse a cargo de los nietos.

Por tanto llegó a tener con su amiga Gigi una amistad como las que forjan las colegialas. Fiestas y más fiestas, novios y más novios, se encubrían la una a la otra de sus tropelías y compartían un par de aficiones que marcaban y definían esta singular amistad, la fascinación por el rock y por los músicos de bar que tocaban rock, obviamente.

3.

Llegaron a integrarse a la perfección a la comunidad rockera de la ciudad, de nivel bar, por llamarlo de alguna manera; a veces un escalón más arriba, en ese nivel en el que hay celebridades en decadencia. Tenían identificados a la perfección los establecimientos donde había músicos que les gustaban, que si Cueva de Lobos en la Zona Rosa, que si tal bar en Cafetales, que si tal bar en la Condesa.

Una vez que identificaban a la “presa” ponían en marcha un performance, toda una puesta en escena. En la mesa en la que se sentaban, cantaban las canciones y se entusiasmaban con cada una de ellas como si estuvieran escuchando a Jimmy Page y a Robert Plant o a James, Lars, Jason y Kirk en persona.

Eran francamente escandalosas. No sé porque razón tenían la costumbre de usar vestidos idénticos, y la producción invertida al atuendo hacia que llamaran la atención de varios, así que en cosa de tres canciones establecían un vínculo con los músicos.

Lo de cantar con un entusiasmo elevado jalaba bien, incluso le imprimían ambiente a la peda del bar en cuestión. Llegado el momento, se tenían previamente ensayadas un par de canciones y pasaban a echarse el clásico palomazo. Cuando los músicos terminasen de tocar estarían sin duda alguna en la mesa de Gigi y Josa (como ella misma se hacía llamar).

-Vamos a seguirla a mi depa.
-Si no les caben los instrumentos, alguno se puede venir en el Audi.

Lo demás se daría prácticamente de manera automática en el departamento de Gigi. Esta manera de operar estaba casi patentada, la tenían dominadísima.

Continuará…

*Los nombres y algunas circunstancias fueron modificadas para proteger la identidad y privacidad de los involucrados
**Las ideas contenidas en este texto son responsabilidad de su autor y no reflejan la postura de News Report MX

Gabriel Zamora Paz (@DrGabboes Psicólogo por la UABC, Maestro en epistemología y doctor en Psicoanálisis Lacaniano.

Gabriel Zamora Paz

Cuenta con 20 años dedicado a la actividad clínica como psicoterapeuta primero, cómo psicoanalista desde hace 6 años y trabajó 6 años como académico en la UPN.

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