24 de junio de 2021
ayudar sin experimentar daños

ayudar sin experimentar daños

Por Omar Jesús Gómez Graterol

Es difícil entender cómo en sociedades como la mexicana, la cantidad de personas que se dedican a las labores filantrópicas es mínima en proporción a los habitantes del país. Sobre todo cuando se ha podido constatar en reiteradas oportunidades que cuando ayudamos a otros nos ayudamos a nosotros mismos.

Cuando enseñamos e ilustramos a terceros, aprendemos y comprendemos mejor aquello que tratamos de inculcar. Al compartir y ser generosos, eso que damos vuelve a nosotros de alguna manera. Entonces nos preguntamos ¿por qué no se hacen más acciones altruistas?

El grueso de la población nacional está compuesto de personas buenas y dignas, ese aspecto no está en discusión. Los mexicanos en su mayoría son solidarios y no se mantienen indiferentes a las tragedias. ¿Qué puede disuadirlos de asumir un papel protagónico en iniciativas que beneficien a particulares o colectivos?

Algunas razones podemos encontrarlas en el hecho de que ayudar no es una tarea tan sencilla como parece. Es una acción que encierra cierta complejidad y puede resultar dañina y traumática tanto para el que intenta realizarla, como para quien es destinatario de la misma, si no se ejecuta de una forma correcta.

No es fortuito el dicho que reza: de buenas intenciones está lleno el camino al infierno. Por ello, algunas situaciones necesariamente ameritan de profesionales y expertos dedicados a la materia. Aquí se mencionan algunas posibles condiciones a considerar para poder apoyar a los demás.

En principio, hay que entender que para poder ayudar a alguien, esta persona o colectivo tienen que estar en la disposición de dejarse ayudar.  Muchas veces cometemos el error de tratar de ayudar a alguien que no lo ha pedido o no es consciente de que precisa de apoyo. Algunos aceptan por cortesía, pero sin realmente apreciar el esfuerzo que se está haciendo por colaborar con ellos. Otros pueden sentirse ofendidos y, en casos extremos, incluso llegan a agredir a quien de buena fe trata de ayudarlos.

El otro problema es cuando no definimos adecuadamente qué tipo de ayuda necesita el otro (o los otros) que es la sintonía entre lo ofertado por el benefactor y lo demandado por el beneficiario. Por ello y en casos donde no exista una condición de emergencia, lo mejor es dialogar para que posteriores malos entendidos no empañen la acción benefactora que se quiso desarrollar.

El fomento de relaciones de dependencia es otra complicación. En la mayoría de los casos (cuando no se trata de ancianos, niños o discapacitados) lo mejor es contribuir a que los individuos que requieren algún tipo de cooperación terminen  a la postre, valiéndose por sí mismos. Sin embargo, en ocasiones los atendidos comienzan a generar dependencias con los colaboradores coartando la libertad de estos últimos e impidiéndoles actuar en beneficio de otros seres que también requieran de asistencia.

Por otro lado, hay benefactores que también empiezan a alcanzar cierto grado de satisfacción al fomentar vínculos de sujeciones hacia sus personas, por lo que no dan oportunidad a quienes auxilian de mejorar realmente en su condición. Ambos casos son perjudiciales para quienes se involucran en esta situaciones ya que el romperse estos nexos sufren las partes.

Otro defecto es asumir quienes son “malos” y quienes son “buenos” sin comprender realmente a los actores involucrados en cada situación. Construcciones como los ricos son egoístas y los pobres dadivosos; las mujeres son víctimas y los hombres victimarios; los latinos son así y los anglosajones son asa, no benefician para nada.

Cuando abordamos una cooperación sin tratar de comprender la naturaleza de cada actor a cabalidad podemos terminar colaborando con quien no debimos y desamparando a quien realmente requería amparo. Comprender ¿quién es quién? es fundamental para socorrer alguien en desventaja.

Esperar agradecimiento es una de las mayores fuentes de desaliento para aquellos con vocación de servicio. El problema con algunos tipos de ayuda es que sus resultados no se precian en el corto plazo, sino que se manifiestan en el mediano y largo plazo. Por ello al principio de una gestión quien la impulsa puede estar sujeto a amargas críticas de modo que, si se tiene la convicción de que se está en lo correcto, lo mejor es contentarse con la satisfacción del deber cumplido; y, en todo caso, esperar que si no hablan bien del benefactor, por lo menos tampoco lo hagan mal (ya eso es bastante).

Recordemos que cuando vacunamos a un párvulo -o se le extrae una muestra de sangre- este no lo asume como algo que le haga bien y, aunque lo olvida, en principio no está contento con quien se lo hizo.

Sacrificar lo individual por lo colectivo. Siempre habrá alguien insatisfecho con lo que se haga.  Los intereses de las personas son muy variados, por lo que esperar que se logre representar a todos en una colaboración no es más que un acto pueril. Por ello, lo mejor es emprender aquellas acciones que alcancen la mayor cantidad de beneficiarios posibles.

Por último, hay lo que algunos autores llaman las “personas tóxicas”. Estas siempre se encuentran envueltas en tragedias personales y cuando otros sujetos se aproximan a ellas para tratar de ayudarlas terminan inefablemente envueltos en desventuras que le son ajenas.

Hay que aprender a diferenciar muy bien cuando al prójimo le ha ocurrido una desgracia de cuando se trata de un estilo de vida. El precio a pagar por vincularse a personajes nocivos es muy elevado y quienes lo han experimentado por lo general terminan muy dañados.

Hoy más que nunca se necesitan de benévolos y abundantes samaritanos; además siempre será mejor dar, quizás, hasta más que recibir. Pero para ayudar, es necesario saber qué hacer, cómo hacerlo, cuándo hacerlo, dónde hacerlo y con quién hacerlo. Esto nos ahorrará confusiones y sinsabores, estimulándonos a seguir trabajando por la construcción de un mundo mejor.

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