Conferencia de prensa en las Naciones Unidas a cargo de la Representante Especial de ONU Mujeres en Afganistán, Susan Ferguson
Las autoridades han desmantelado los derechos de las mujeres y las niñas, emitiendo más de 100 decretos que les han arrebatado sus derechos.
Foto tomada de https://www.unwomen.org/en/articles/in-focus/afghanistan
14 de agosto del 2026.-Mañana se cumplen cinco años desde que los talibanes tomaron el control de Afganistán por segunda vez. Lo ocurrido desde entonces no tiene parangón en el mundo actual.
Año tras año, las autoridades de facto han desmantelado sistemáticamente los derechos de las mujeres y las niñas, emitiendo más de 100 decretos que les han arrebatado sus derechos e institucionalizado la discriminación.
Afganistán es el único país del mundo donde las mujeres y las niñas se enfrentan a restricciones tan severas en su educación, trabajo, libertad de movimiento, participación pública e igualdad jurídica.
Tan solo en el último año, nuevos decretos y edictos han restringido aún más el acceso de las mujeres y las niñas a la justicia y han eliminado formalmente la igualdad entre hombres y mujeres ante la ley.
Por ejemplo, según el Decreto Número 12, un marido solo es penalmente responsable de la violencia dentro del matrimonio si causa lesiones físicas graves y visibles, y su esposa debe probarlo ante un tribunal, con su tutor legal masculino, quien podría ser la misma persona que la agredió.
Según el Decreto Número 18, los hombres conservan el derecho al divorcio, pero las mujeres necesitan el permiso de sus maridos o someterse a largos procesos legales. El decreto también permite implícitamente el matrimonio infantil, erosionando aún más los derechos y la protección de las mujeres y las niñas.
La aplicación de estos decretos y edictos se ha intensificado, con miles de funcionarios patrullando las calles con amplios poderes de detención y vigilancia.
Las puertas de las escuelas secundarias permanecen cerradas para las niñas.
Los pasillos de las universidades siguen abiertos solo para hombres.
Y la creciente escasez de trabajadoras sanitarias —consecuencia de las prohibiciones educativas— dificulta el acceso de las mujeres a la atención médica, especialmente en comunidades donde la costumbre impide que las mujeres sean atendidas por médicos varones.
Estamos viendo hasta qué punto estas restricciones están transformando la vida cotidiana de las mujeres.
Más de la mitad de las 3200 mujeres encuestadas afirman que ahora salen de sus casas solo una o dos veces al mes.
Casi tres cuartas partes dicen sentirse inseguras al salir de casa sin un tutor masculino, o mahram.
Y más de la mitad afirma evitar por completo los espacios públicos, como mercados y centros de salud.
Las mujeres describieron la necesidad constante de cuidar su vestimenta, su forma de hablar y sus movimientos para evitar sanciones, escrutinio o juicios.
Esta pérdida sistemática de derechos, libertades y oportunidades ha desencadenado una crisis de salud mental entre las mujeres y las niñas.
Siete de cada diez mujeres encuestadas calificaron su salud mental como «mala» o «muy mala».
Estas cifras nos muestran cómo se manifiestan cinco años de exclusión sistemática y creciente en la vida de una mujer afgana.
Ante todas estas restricciones extraordinarias, escucho una y otra vez el mismo mensaje de las mujeres afganas con las que me reúno: mírennos, no nos abandonen, apóyennos y sigan brindándonos su apoyo.
