24 octubre 2020

OPINIÓN | Ansiedad, la palabra más googleada en la pandemia (Parte 6)

Mauricio, un joven de 26 años, estaba construyendo una vida laboral exitosa luego de haber superado su adicción a las drogas, pero la pandemia le provocó una recaída… ¿o fue la ansiedad?

Ansiedad, la palabra más googleada en la pandemia

Foto: Yorokobu

Ayer caminaba por Avenida de los Insurgentes a la altura de la colonia Condesa, y en una esquina vi un muro llamó mi atención: tiene unos veinte carteles en los que sobresale la palabra «ansiedad», escrita en mayúsculas, negritas, mucho mas grande que le resto de las palabras.

Conforme uno se va acercando se puede leer que se trata de una asociación Jalisciense de salud mental, que en primer lugar cuestiona al lector de dichos carteles si tiene o ha tenido ansiedad para acto seguido proponerle comunicarse a cierto número telefónico donde se le dará orientación a quien haga una llamada.

No es un dato menor ir por la calle, alzar la vista y leer: ANSIEDAD, ANSIEDAD, ANSIEDAD, ANSIEDAD, ANSIEDAD, ANSIEDAD… ANSIEDAD, en una pared sobre Insurgentes. Seguimos insistiendo en que la ansiedad ya era, antes de la pandemia, uno de los padecimientos mentales con mayor incidencia en la población.

Los llamados Trastornos del estado de ánimo (ansiedad, depresión y el mixto que es la combinación de ambos), según estudios conservadores de aquí, allá y acullá, son padecidos por cada cuatro de diez adultos en algún momento de su vida.

Sin embargo, la comorbilidad con algún otro padecimiento que puede tener un trastorno al que ya vemos como parte de la normalidad es probablemente lo que hace que llame nuestra atención y principalmente la atención del que lo padece y de las personas que están alrededor del paciente.

En la primera entrega de este espacio decíamos que los complejos e histeria llevaron a un ingeniero a llamarle roto, desestructurado, llorando, sin razón aparente, a su novia. También hablamos de un celópata con rasgos narcisistas, de una mujer con un Trastorno Obsesivo-compulsivo de la personalidad…

Es decir, que “en una de esas”, cuando hablamos del Trastorno de Ansiedad Generalizado (TAG) estamos hablando únicamente de la punta del iceberg; sin embargo, creemos que no está mal que mediante X o Y síntoma las personas se acerquen a algún tratamiento.

Si la ansiedad es lo que se asoma en la superficie, una vez que los síntomas estén controlados, tratados y en algún momento remitan, el resto del malestar permanecerá ahí, y el paciente llegará a un punto de inflexión.

¿Me quedo así y me encomiendo a lo que me pueda encomendar para que no me vuelva a pasar?, ¿le pido a alguna deidad que no ande esparciendo virus, terremotos, desastres naturales sin ton ni son?, ¿será qué mejor empiezo a psicoanalizarme para no volver al patetismo con el siguiente evento que me rebase?

Mauricio es una adulto joven de 26 años, y podríamos decir sin temor a exagerar, que es lo que se dice “material de estudio”; hace años comenzó a “darle problemas” a su mamá, cuando cursaba la instrucción preparatoria.

Comenzó a fumar marihuana con algunos de sus amigos; aunque era una práctica relativamente normal en el círculo en el que se movía, en su caso las cosas fueron tomando un curso claramente patológico.

Explico: mientras algunos jóvenes entraban a sus clases, tenían notas de aceptables a buenas y en alguna fiesta bebían alcohol e ingerían algo de THC, se iban a sus casas y en muchos casos sus padres ni siquiera se enteraban.

Pero con Mauricio era diferente; se despertaba por la mañana, muchas veces no se bañaba, usaba la misma ropa por mucho tiempo sin lavarla o plancharla, en la cabeza se ponía un gorrito de esos tejidos por que tenía el cabello largo y así evitaba peinarse, salía de su casa sin desayunar y camino a la escuela comenzaba drogarse.

Llegaba al plantel, y con un pequeño grupo, el mas cercano, se iban a una tienda que – según él describe- estaba en una casa cerca de la escuela en la cual les vendían cerveza y “se hacían de la vista gorda” mientras fumaban marihuana toda la mañana.

Llegó el momento en el que lo corrieron de la escuela, no reunió el mínimo de asistencias para aprobar ningún curso; de tareas, trabajos y exámenes ni hablamos. Una vez dado de baja, él continuó asistiendo para realizar las mismas actividades.

Alguna vez lo sorprendió la policía comprando droga y lo detuvieron. Es ahí cuando la mamá se enteró que el problema era más grande de lo que sospechaba.

Comenzaron un peregrinar de tratamientos psiquiátricos y psicológicos, hasta que lograron adherencia a uno. Para este punto, el joven tenía cuatro años sin actividad productiva. Así que por algún mecanismo que ofrecía la SEP, presentó su examen para dar por terminada la preparatoria.

Cuando no tenía los neurotrasmisores saturados de THC era un joven brillante, incluso cuando se bañaba no se veía tan mal, así que paso a paso, “pianpianito”, se fue integrando a la sociedad.

Ingresó a una Universidad, digamos de “gama media”, a estudiar una Licenciatura en sistemas computacionales, y “arreándolo” la terminó.

Sus hábitos se fueron creando desde abajo, desde los “cimientos”, en la literatura hay un par de historias, como la de “El libro de la Selva” ó “Tarzán”, en la que seres humanos que por determinadas circunstancias son unos salvajes, ciertas personas se dan a la tarea de hacer intentos civilizatorios sobre estos personajes.

Este par de ejemplos es una metonimia efectiva para el caso de Mauricio: “te debes bañar, lavar tu ropa, dejar que se seque bien para que no huela a humedad, no te sale completa la barba, deberías intentar ver como te ves sin ella, tal vez no estarías desaliñado si recortaras un poco tu cabello, no creo que des buena imagen con los pantalones pisados y rotos, deberías mandarles hacer una bastilla, toma, ponte desodorante”.

Esas fueron el tipo de tareas que se impuso la mamá, quien en el fondo sabía que estas carencias en Mauricio estaban ahí en parte porque después del divorcio ella se refugió en el trabajo, dejando al chico un poco a la “deriva”.

Ingresó al mundo laboral yendo de mal a mejor; en su primer trabajo duró dos semanas, en el último hasta que cerraron debido a la pandemia del SARS-COV-2. A partir de ahí se dedicó a comer y jugar videojuegos.

La mamá, como muchos empleados, de inicio estaba haciendo home office, pero tuvo que volver a la oficina cuando cambió el semáforo de alerta epidemiológica a naranja; la cuestión es que no había manera de hacer que Mauricio saliera de la casa a buscar trabajo, tampoco había manera de hacer que dejara que subir de peso.

Cuando la madre lo apercibía y le ponía algún ultimátum para que consiguiera empleo e hiciera algo de ejercicio, Mauricio se ponía mal, gritaba, se encerraba en su cuarto y advertía que mientras hubiera una pandemia allá afuera él no iba a salir a contagiarse.

La mamá se daba cuenta del retroceso tan evidente que estaba teniendo su hijo en varios niveles.

Un día, Mauricio la recibió con una sonrisa en la cara y con el donaire de quién ha tenido una epifanía:

«Mamá, tengo ansiedad. Ya busqué en google y toda mi vida se explica por ahí, así que consígueme alguna droga que me la quite».

El último clavo del ataúd de la recaída, pero con otra droga.

Sólo por no dejar, la mamá también googleó ansiedad, pero para corroborar que lo de su hijo era algo más profundo, más complejo.

*Los nombres algunas circunstancias fueron modificadas para proteger la identidad y privacidad de los involucrados.


Gabriel Zamora Paz es Psicólogo por la UABC, Maestro en epistemología y doctor en Psicoanálisis Lacaniano.

Cuenta con 20 años dedicado a la actividad clínica como psicoterapeuta primero, cómo psicoanalista desde hace 6 años y trabajó 6 años como académico en la UPN.

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