24 octubre 2020

Agradezco la oportunidad, apreciado lector, de poder saludarlo y seguir con esta conversación que hemos venido desarrollando en estas últimas semanas. Hemos hablado de diferentes circunstancias que han llevado a diferentes personas a sentarse frente a una computadora, o simplemente a sacar su smartphone para desde google buscar el significado, o los síntomas, o alguna luz sobre qué diantres es la ansiedad.

Algunos de estos relatos terminaron en gente descubriendo que padece y ha venido padeciendo el Trastorno de Ansiedad Generalizado no de recién, sino de mucho tiempo atrás, sólo que -como decíamos- somos buenos para “hacernos patos” a la hora de repensarnos y preferimos recurrir a los eufemismos, que en nuestra cultura son lugares comunes a determinados trastornos.

Sin embargo, también hemos encontrado casos de personas que han encontrado en los resultados de sus búsquedas que no tienen ansiedad, que tienen otro u otros trastornos mas complejos y, por qué no decirlo, más graves que la ansiedad.

Al final, la “esperanza” de que solo fuera ansiedad los llevó a subir a la mesa de la conversación el tema de la salud mental, lo cual es benéfico.

Los seres humanos somos animales curiosos, diversos, con intereses contradictorios… por un lado tenemos a un segmento poblacional que evita enfrentar una realidad que le supondría un compromiso posterior, como un tratamiento, prefieren evadir o no saber.

También tenemos personas que en cuanto sospechan que algo no anda bien, tratan de evitar a toda costa que lo que sea que tengan se convierta en algo mas grave y buscan atención de inmediato.

Por absurdo que parezca, aunque es redundante decir que la realidad humana es absurda per-sé -si no me creen, lean a Albert Camus o a Samuel Beckett- tenemos a otro segmento poblacional que pareciera que anhelan tener algún trastorno mental.

Esto lo abordamos de manera superficial cuando dijimos que cualquier persona con interés en la moda puede enunciar la frase “desató mi TOC”, sólo porque alguien en su oficina no iba bien combinado, gente que cumple con su trabajo a cabalidad y cree que es anormal y se considera a sí mismo alguien que padece Trastorno Obsesivo-Compulsivo.

Pues bien, estimado lector, en el caso de la ansiedad y la depresión sucede lo mismo.

En parte se debe a que ambas palabras suenan cotidianamente sin hacer una diferenciación de cuando se habla en un contexto clínico. En una charla, cualquiera alguien puede decir: “siento ansiedad” o “me siento deprimido”, cuando lo que en realidad se intentó decir: “me siento nervioso” o “estoy triste”.

Un criterio diagnóstico en ambos trastornos es la prevalencia de los mismos, que debe ser mínimo de seis meses, entonces imaginen ustedes a una persona X que está triste porque se le olvidó su cargador, diciendo que tiene depresión, o a un chavo que está nervioso por un examen diciendo que tiene ansiedad, convencido.

Es un tema importante debido a que hay literalmente una legión de personas haciendo un mal diagnóstico de su salud mental; no acuden con un profesional a que les den un diagnóstico adecuado, entonces se va propagando una “información” incorrecta que llega a “rozar” lo irresponsable.

En salud sabemos que la precisión y la calidad de la información y del tratamiento son fundamentales.

Lorena es una mujer en sus cincuentas, asiste regularmente al gimnasio, al “spa”, tiene una agenda social regular que incluye desayunos, comidas o cenas con sus amistades, duerme bien, no tiene problemas de salud física, tiene un pequeño negocio de venta de especias difíciles de conseguir, así que tiene una pequeña pero fiel clientela compuesta en su mayoría por chefs y cocineros de la zona.

Para abreviar todo el asunto del antes y después de la pandemia, vamos a narrar la situación actual:

Esposo e hija de 20 años no salen de casa, sus respectivas ocupaciones hasta la fecha las realizan desde el hogar: bueno, para ser mas justos, a partir de la reapertura, sí hay una que otra salida a comer o por un café, nada del otro mundo.

Su negocio no se vio afectado en lo más mínimo, ya que envía los pedidos por paquetería y sus clientes asumieron el costo extra.

Aquí el asunto es que entre su grupo de amigas comenzaron a circular diferentes historias:

“Fulana tiene insomnio desde que empezó todo esto, fue al doctor y le dijeron que tiene ansiedad”, “mengana no podía respirar, llegó a pensar que tenía COVID, para no hacerles el cuento largo la llevaron al ABC y resultó que tenía ansiedad”, etcétera.

Lorena comenzó a preocuparse: ¿no tendría ella ansiedad?

A pesar de tener un hermano médico con especialidad en psiquiatría, prefirió recurrir a Google y, efectivamente, se enteró que la ansiedad tiene una gran cantidad de síntomas muy variados, pero nunca leyó las letras chiquitas: la presencia de al menos tres de los siguientes síntomas de manera crónica o por un período mínimo de seis meses que dificultan el desarrollo de áreas fundamentales de la vida cotidiana (spoiler alert: no son chiquitas, son las mas grandes).

¿Preocupación?, claro que se preocupaba cuando algún pedido no llegaba a tiempo, cuando un depósito no caía en la cuenta cuando ella creía que debía caer; ¿inquietud?, ¡uy, sí!, se consideraba a sí misma bien inquieta, si un día no hacía ejercicio, sentía que le sobraba energía; ¿insomnio?, bueno, eso no, aunque a veces se levantaba al baño en la madrugada; ¿dolor muscular?, ¡claro!, más el día que le tocaba pierna.

Así que en el siguiente zoom, Lorena les dio a su sus amigas la noticia de que ella también padecía ansiedad.

Empezó a elaborar frases tales como: “amigas, las dejo, me tocan mis ejercicios de respiración”.

Le agregó a su rutina una clase de yoga que veía online y para darle mas realismo al performance le decía a su familia que pensaba que algo malo iba a pasar… si pensamos que el planeta está en una crisis sanitaria, no hacía falta ser Nostradamus, a menos claro que Nostradamus también “tuviera ansiedad» para tener esos pensamientos catastróficos. Sería una buena tesis, ahí dejo la idea sobre la mesa.

El asunto es que estas búsquedas de las que hablamos han servido también para “entrarle al mame”, no quedarse fuera de la tendencia y, por muy frío y descorazonado que suene de mi parte, estar triste no es sinónimo de depresión y estar nervioso no es sinónimo de ansiedad.

Establecer un diagnóstico no es leer una serie de síntomas; hay instrumentos, elementos observacionales, entrevistas, etcétera.

Siempre hay que ir con los especialistas porque, como dice el dicho popular, “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre” o como decía San Sigmund Freud, “a veces un cigarro es sólo un cigarro”

*Los nombres y algunos detalles fueron modificados para proteger la identidad y la privacidad de las personas involucradas.

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE «ANSIEDAD, LA PALABRA MÁS GOOGLEADA EN LA PANDEMIA»


Gabriel Zamora Paz es Psicólogo por la UABC, Maestro en epistemología y doctor en Psicoanálisis Lacaniano.

Cuenta con 20 años dedicado a la actividad clínica como psicoterapeuta primero, cómo psicoanalista desde hace 6 años y trabajó 6 años como académico en la UPN.

1 pensamiento sobre “OPINIÓN | Ansiedad, la palabra más googleada en la pandemia (parte 7)

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