4 de marzo de 2021
La Revolución mundial

La Revolución mundial. Foto: Freepick

El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por una mentira: es el capítulo censurado.

Jacques Lacán.

La Revolución Mundial II

(Aquí puedes leer la primera parte)

3.

Mi itinerario consistía en volar temprano al D.F, llegar y trasladarme en metro a una dirección cercana al metro San Cosme, a unas cuadras de ahí se localizaba el mítico lugar que era la sede de la sección mexicana de La Cuarta Internacional.

Cuando los proletarios del mundo se unieran, cuando se agruparan en la lucha final bajo la dirección política de la Cuarta, un papel protagónico seguro lo jugarían las ideas, asambleas y discusiones que se dieran en ese local, al fin y al cabo Trotsky vivió y acabó muerto en México, seguro dejó escuela. 

Un compa me dejó en el aeropuerto, tres horas después aterrizaba el avión en el D.F. Había que buscar algo que comer. El aeropuerto está lleno de sitios “pequeño burgueses” donde saciar el apetito, yo llevaba buenos viáticos, producto de las cuotas de los otros militantes, incluyendo las del camarada Ricardo, así que me dirigí a un Wings. No es que sea un lugar de postín, pero vaya, no eran unas gorditas de diez pesos de la calle. Juguito, molletes, y café llenaron mi estómago.

Lo siguiente en la agenda era desplazarme al metro y buscar la manera de llegar a San Cosme. Salí del aeropuerto, caminé unos metros hacia el bulevar Puerto Aéreo y le hice la parada a un taxi. 

-Lléveme a San Cosme

-Van a ser 100 pesos, joven

-Está bien

Me dejó exactamente afuera de la estación del metro, en medio de un enjambre de puestos de tacos, caminé sobre la acera, al menos conté veinte puestos, pasé un edificio viejo, en malas condiciones de mantenimiento, feo, que era la sede de La Escuela Normal.

Finalmente después de un par de cuadras llegué a la calle que indicaba la dirección anotada en el papelito que me habían dado. Cincuenta metros adelante llegué al número indicado.

Mis ojos no daban crédito de lo espantoso y deteriorado que estaba el edificio al que me dirigía.

¿La Revolución mundial surgiría de una pocilga?

La puerta no estaba atrancada, los primeros tres pisos estaban abandonados y por supuesto el olor a meados era insoportable, yo había leído sobre Lenin, Stalin, Trotsky, la misma Rosa de Luxemburgo y eran mas bien fresas inconformes. Bueno, así las cosas. 

Había un pequeño detalle; todos conocían al camarada Ezequiel, al menos tenía veinte años intentando darle en su madre al capitalismo, lo apreciaban y creo que se había corrido el rumor de que exigí un vuelo como prestación, ¿de qué?, era la pregunta, si básicamente era un bueno para nada con rachas de entusiasmo y un grupo de amigos que prometían ser grandes cuadros intelectuales de la izquierda revolucionaria.

No sé si mas bien deberíamos ser considerados grandes cuadros pero de consumidores de alcohol; sin embargo, cada quien ve lo que quiere ver. 

Mientras subía la escalera se empezaron a oír voces, señal de que ya estaba llegando a donde sea que tuviera que llegar, después de acceder a “ese” nivel había una habitación igual de hedionda que el resto del local y lo primero que vi fue a unos chavos pintando pancartas.

-No a las privatizaciones-, -La tierra no se vende, la tierra se defiende-, – Educación gratuita para todos-, etcétera.

-Hola, soy León de Mexicali.

Un gordo con una camiseta al menos tres tallas mas grandes de la que le correspondía, con unos lentes de los llamados de fondo de botella hizo una broma sobre mi aburguesamiento y la necesidad imperiosa de que definiera mi papel en la lucha de clases en ese momento crucial del movimiento obrero.

-Si, ya el camarada Ezequiel nos comentó que ibas a llegar dos días antes que él.

El malhumorado hombre en pantalones de poliéster grises y camisa de popelina blanca, era el camarada Luis, jefe de esa parte de la revolución mundial, y profesor de economía del Poli.

-Ponte a ayudar a los camaradas a pintar pancartas.

Entre lo espantoso del lugar, de los modales de las personas y de la apariencia de cada uno de los que ahí se encontraban, perdí el entusiasmo y  comenté que me dirigiría por una aspirina, que la altura de la ciudad me estaba haciendo sentir mal. Pedí indicaciones para una farmacia. Volvía a salir a la calle de las decenas de puestos de tacos y abordé otro taxi. 

-Llévame a una cantina de esas chingonas del centro, donde dan botana mientras pisteas.

4.

El taxista me dejó en Bolívar y Mesones y me señaló la cantina La Mascota.

-El trago está caro, joven, pero la comida está de rechupete, no se va a arrepentir.

La cantina tiene ese tipo de puertas retráctiles, cortas, como de películas del viejo oeste, así que desde ahí me agradó el lugar. Quien ha estado en el D.F. sabrá que el servicio en las cantinas es de otro nivel, literal, te tratan como rey, desde el momento en que uno llega.

-¿Qué le servimos joven?

-Pues me dicen que aquí toman cubitas, ¡recomiéndeme un ron!

-Matusalén es bastante decente.

-Tráigalo

A partir de ese momento no sucedió nada que alguien que haya estado en alguna cantina de esas características no haya vivido una y otra vez, que si el espinazo de cerdo en verdolagas, que si la pata de res en salsa verde, que si los caracoles, que si la panza con garbanzos, que si otra cubita, que si de tal a tal hora son dos por uno, que si tráeme otra mas.

Así transcurre el tiempo dentro de una cantina tradicional del centro del D.F.

Llegué a ese punto preciso en el que una cuba más me iba a mandar de bruces al piso, soy un tipo grande, no había necesidad que aquellos meseros tan amables tuvieran que pasar por la desagradable tarea de incorporarme y cuidarme hasta que me pudiera ir, así que pedí la cuenta y un taxi, ¡benditos viáticos revolucionarios!

-Buenas noches, me podría llevar al Hilton de la Alameda

-Con todo gusto.

Soy muy fan del detalle de la galleta que le dan a los huéspedes en el front desk de los Hilton, esa fue la principal razón por la que me dirigí hacia allá, y bueno que ya estaba en el centro. 

-Un cuarto sencillo por favor, me despiertan mañana a las diez si son tan amables, esta es mi tarjeta y mi identificación.

-Un placer hospedarlo señor.

Continuará…

*Los nombres algunas circunstancias fueron cambiados para proteger la identidad y privacidad de los involucrados.

*Las ideas contenidas en este texto son responsabilidad de su autor y no reflejan la postura de News Report MX

Gabriel Zamora Paz (@DrGabboes Psicólogo por la UABC, Maestro en epistemología y doctor en Psicoanálisis Lacaniano.

Gabriel Zamora Paz

Cuenta con 20 años dedicado a la actividad clínica como psicoterapeuta primero, cómo psicoanalista desde hace 6 años y trabajó 6 años como académico en la UPN.

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