18 de mayo de 2021
Sentimientos mezquinos solapados bajo grandes causas

Sentimientos mezquinos solapados bajo grandes causas. Imagen: Randomeo

Por: Omar Jesús Gómez Graterol

En cierta ocasión, cuando estaba en la secundaria, uno de mis compañeros sacó una excelente calificación en uno de los exámenes que habíamos realizado en la materia de inglés.  Como es natural, se encontraba eufórico por este motivo y deseaba compartir su sentir con sus amistades, además de familiares, para que nos regocijáramos por el éxito que había alcanzado.

Para entonces, mi ponderación había sido inferior a la de él y su triunfo me enojó mucho.  Yo siempre había sido mejor en esa asignatura por lo que le solté una gran cantidad de comentarios agrios dándole a entender que no era algo de lo que tuviera que sentirse alegre pues apenas era un logró insignificante frente a muchas “victorias” académicas que yo había tenido. 

Mi reacción pareció decepcionarlo mucho, pues yo era su amigo, y cuando me encaró diciéndome que me molestaba cuando le iba bien yo fingí sentirme insultado. Él, de alma noble, prefirió no “ofenderme” y/o evitar pensar lo peor de mí -pues se trataba de una amistad muy importante en su vida- y de allí en adelante no comentó más el asunto conmigo.

Como habrán caído en cuenta quienes me leen, en ese momento experimenté un episodio compuesto de la más pura envidia y egoísmo.  Ambas figuras no han sido desconocidas en mi existencia y ya, anteriormente al suceso narrado, las había conocido pues con crueldad me había dejado guiar por ellas en otras ocasiones.

Afortunadamente tuve familiares, amistades, guías psicológicos y espirituales que me ayudaron a superar estos defectos y a buscar mecanismos para evitarlos o saber manejarlos y canalizarlos.  Pero, como todo ser humano, tengo que mantenerme en guardia para evitar que este tipo de comportamientos condicionen mis acciones hacia el prójimo en el presente y el futuro.

Es difícil entender como dos emociones tan disímbolas pueden albergarse al mismo tiempo en el corazón de alguien, pues además ser dos de los peores defectos que se pueden anidar en el alma humana, sus orientaciones siendo distintas, pueden presentarse simultáneamente.

En efecto, la primera implica una autopercepción de inferioridad manifestada en tristeza o enojo, frente a otros, por desear algo que éstos tienen, pudiéndose tratar esto último de algo tangible o intangible.  En tanto que la segunda implica cierta sobrevaloración o sentido de superioridad propia, al anteponer los intereses particulares sobre los generales, lo que se traduce en cierta dosis de amor excesivo por uno mismo y desdén por los demás.

Lo indiscutible es que son una mezcla mortal que, además de dañar a quienes nos rodean, nos perjudican a nosotros mismos.

Las advertimos al percatarnos de que lo que anima nuestras acciones son sensaciones amargas.  También cuando somos incapaces de alegrarnos sinceramente por el bienestar o felicidad de los demás o deseamos, en lo más íntimo de nuestro ser, que les vaya mal y pierdan el atributo que poseen y que no podemos alcanzar.

A pesar de estas recomendaciones, no es tan fácil lidiar con estas fijaciones pues a veces no queremos verlas frente a frente para confrontar dichas imperfecciones.  Por esta razón, solemos solaparlas y darles formas inofensivas, pero que no por ello dejan de ser peligrosas.

He sido testigo de personas y grupos cuya situación de bienestar se vio afectada por circunstancias ajenas a su voluntad y de la noche a la mañana cayeron en desgracia.  La actitud de gran número de individuos que los rodeaba fue de regodeo y de no ayudarles aunque éstos –cuya situación también era muy mala- no hubiesen mejorado ni un gramo.

Había una suerte de goce macabro en observar como la condición del otro u otros se tornó deplorable así como de desear que ya no se recuperaran (simplemente el mal ajeno les alegraba).  Por supuesto, nunca quisieron admitir las verdaderas motivaciones escondidas tras su “felicidad” atribuyéndole a los afectados defectos que no tenían para tranquilizar su propia conciencia y justificar su comportamiento frente a los demás.

Estos procederes no son infrecuentes, suelen ser más comunes de lo que se piensa por lo que son tan peligrosos como los virus y bacterias. Asumen múltiples apariencias. Llegan de improviso, se van incubando en el alma y cuando menos se espera hacen eclosión arrastrando consigo a quien lo padece y a víctimas que no sospechaban de las mismas.

Me atrevería incluso a pensar que se trata de un problema de salud pública y que como tal debería abordarse por lo nefasto que resulta en la población.  Hay sujetos que incluso han llegado a matar por estas causas y luego tratan de ocultar sus motivaciones con otras razones.

En el pasado y el presente muchas de los grandes pretextos que inspiraron e inspiran “movimientos humanistas” tenían y tienen como combustible estas ruines pasiones.  Las doctrinas “igualitarias” suelen ocultar mucho de esto.

Hay que superar las brechas e inequidades sociales, las hay graves y urgentes por corregir, pero una variedad de grandes “cruzadas” que se llevan en la actualidad hacen sospechar que su altruismo no es tal y que otras cosas subyacen en su interior.

Podemos identificarles porque cuando es la envidia la que las mueve suelen detenerse no cuando alcanzan sus objetivos o metas, sino en el momento justo cuando han arrebatado a otros el recurso material o inmaterial que desean y que no pueden alcanzar por sus propios medios, aunque luego no sepan que hacer con lo obtenido.

Cuando se trata del egoísmo se observa cómo se empeñan en detener el crecimiento o accionar de los otros y culminan su maniobrar en el momento que han neutralizado al que adversan sin ofrecer o poder llenar ventajosamente el vacío que queda.

Por ello, antes de plegarnos a un grupo, hagamos una evaluación exhaustiva de que es lo que nos proponen.  Sin entre sus líneas están el impulsar odios irracionales a otros, sin que estos nos hayan hecho daño alguno, hay motivos suficientes para sospechar de que algo no está funcionando bien. 

Hay recursos en todos nosotros por lo que no es necesario estar deseando lo que se les otorgó a los demás.

Somos únicos e irrepetibles y no importa que carezcamos de algo pues contamos con otros atributos que compensan lo que nos falta.  Así que pensemos en lo que tenemos y saquémosle provecho a ello evitando estar limitando a terceros pues todos tenemos el derecho así como el deber de desarrollarnos y manifestarnos a plenitud en la humanidad.

1 pensamiento sobre “OPINIÓN | Sentimientos mezquinos solapados bajo grandes causas

  1. Buenas noches desde Cabimas, Estado Zulia- Venezuela. Interesante disertación la que se nos presenta , dos sentimientos bicerales » La envidia y el egoísmo», que se enquistan de manera nefasta en el ser humano, haciendo que afloren otro conjunto de que terminan deteriorando las relaciones de los individuos con su entorno. Desde temprana edad y con mayor énfasis en la adolescencia, siguiendo el ejemplo del caso personal que ilustra el autor en su etapa de bachillerato, se pueden desarrollar este tipo de antivalores por así denominarlos, puesto que nos forman para la competencia, nos incitan a ser el mejor, desde la escuela, los espacios laborales y hasta el mismo hogar podemos apreciar situaciones donde estos sentimientos mezquinos toman fuerza. En ese sentido es necesario fortalecer la educación en valores, dar una mirada profunda a esos signos y alertas que podemos distinguir en algunas personas, grupos, familiares, amigos, vecinos que nos dan cuenta de que algo está pasando y tal cual se establece en el artículo buscar los correctivos y acciones necesarias que permitan atender las situaciones.

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