18 de mayo de 2021

Historias de histeria en la posmodernidad | Melesio quería ser cool (última parte)

¿Cómo es posible que un hombre haga esfuerzos tan frenéticos por ser aceptado, por destacar, por ser cool, y cada día se convierta en alguien más nefasto, mas indeseable? Esa es la historia de Melesio

Melesio quería ser cool(1)

Melesio quería ser cool

La verdad es el error que se escapa del engaño y se alcanza a partir de un malentendido.

Jacques Lacán.

Melesio quería ser cool (el desarrollo y el gran gran final)

(Aquí puedes leer la primera y la segunda parte)

6.

Con el paso del tiempo uno se acostumbra a todo, así que nos acostumbramos a Melesio motociclista, al escándalo que provocaba su llegada y su partida, las historias de cajas fueron substituidas por historias de hombres sin quehacer que se iban a dar la vuelta por las carreteras del estado. Creo que eran más entretenidas las historias de las cajas.

Pero bueno, nuestro Melesio era un hombre inquieto y necesitaba agregarle un cambio a su vida. Una vez más como solían ser las cosas con él, de la noche a la mañana, empezó a perder peso, mucho peso, en cosa de dos meses habrá perdido unos veinte kilos.

Esta nueva etapa también tenía sus contradicciones. Mientras por un lado él nos quería convencer que pasaba dos horas diarias en el  gimnasio y que corría a 40 grados Celsius 10 kilómetros, nosotros estábamos convencidos de que iba presentando todo el cuadro de comportamiento de un adicto al cristal.

Continuaba con  sus apariciones de rutina, cerraba la tienda de boliche, y llegaba a donde fuera que nos encontráramos nosotros. Ruido al llegar, historias de “rodadas”, historias de sus nuevos parches, paliacate en la cabeza y paliacate en la mano. Por si este nivel de mamarrachez no fuera suficiente, ahora también se quitaba la camiseta, sentía que tenía un torso digno de presumirse, en un arranque de entusiasmo (sospechosamente parecido al de las personas que fuman la meta-anfetamina) podía interrumpir la conversación y retarte a una carrera alrededor de la manzana o a unas vencidas de brazo.

Este punto nos rebasó por completo y se le exigió que usara una camisa o una playera, si bien no tendríamos antepasados ilustres en nuestra genealogía, tampoco nos íbamos a permitir ser un grupo de descamisados. Melesio intentó conservar su derecho a no cubrirse el torso, pero de alguna manera yo ejercía cierta autoridad sobre él, así que obedeció la orden.

Desde la época de las horas en el teléfono público hasta la fecha, Melesio siempre se ha venido enamorando de mujeres que no se sienten atraídas por semejante partidazo, así que una de dos, o estaba triste por el rechazo de una mujer, o se ligaba con alguna mujer de los arrabales y después se quejaba de ella, esto no es una opinión, es lo que es, como dicen los irlandeses.

Comenzó entonces una época en la que sus desilusiones amorosas abarcaban la conversación, volví a sentir nostalgia por el tema de las cajas para refrigerador. Esta nueva situación se prolongó, además de que cada día era mas difícil lograr que se fuera. Ya sea que estuviéramos en casa del Ruso un día entre semana y a las 11 de la noche yo me fuera para no desvelarme, después me enteraba que el muy cabrón se había ido a las dos de la mañana, valiéndole madre todo. Lo mismo sucedía en mi casa, el Ruso se despedía a una hora razonable y el motociclista de marras se iba a las dos o tres de la mañana.

Se inauguró entonces una nueva etapa en la cual sin el menor miramiento lo corríamos.

-Melesio ya vete, ya me voy a dormir.

Parece claro a estas alturas que Melesio no conocía la vergüenza, se iba y al día siguiente estaba ahí. Parte de esta nueva etapa incluía una estrategia en donde nos escondíamos de él, realmente ya nos parecía insoportable, entre las historias de carretera y las historias de su vida romántica, nunca podíamos divertirnos, sería mas entretenido ver como crece el pasto.

A veces lo lográbamos, a veces nos encontraba, era ya en forma una situación de acoso. Hacía llamadas, digamos a mí, le decía sin mucha explicación que estaba ocupado, que otro día nos veíamos y horas después se aprecia sin el menor recato. Los adictos al cristal son muy necios, la palabra clínica es perseverantes.

7.

Algún viernes de tantos, uno cualquiera, me encontraba en el patio de la casa del Ruso disfrutando de alguna cerveza artesanal. Hoy en día la cultura de la cerveza artesanal forma parte de nuestra cotidianidad, en esos días esto empezaba apenas, no las vendían en cualquier punto de venta de cerveza “comercial”, por supuesto eran ya desde entonces más caras que las que bebíamos regularmente, aún no había cervecerías locales,  y como estábamos en fase de experimentación a veces había que comprar algunas mucho mas costosas para poder probar y entender el estilo, por lo que a este nuevo pasatiempo le invertíamos una considerable cantidad de dinero.

El pasatiempo resultaba ser un éxito. Bebíamos, conversábamos y probábamos algunas cervezas con sabores en verdad sublimes. Nos encontrábamos en esas cuando se escucha a lo lejos el motor de la motocicleta de Melesio, nos hubiera gustado que no llegara, pero por otro lado ya lo habíamos apercibido que si no cooperaba en partes iguales a la hora de pagar por la cerveza no le daríamos ni una sola.

Hay reglas, normas y leyes que dicen mucho de las personas a las que se le ponen, alguna vez me llamó la atención en un camión un letrero que decía, “no escupir en el suelo, no sea cochino”, me encontraba reflexionando sobre que clase de persona escupiría dentro de un vehículo colectivo cuando escucho dos o tres asientos detrás del mío, el clásico ruido gutural que se produce cuando una persona trata de reunir sus flemas para juntarlas en la boca y expulsarlas, segundos después, el escupitajo. Este era el caso con esa regla a Melesio.

Llega la moto, el ruido del motor se hacía mucho más fuerte en el interior del patio de la casa del Ruso. Fuera casco, paliacate a la cabeza, paliacate a la mano y baja con unas bolsa que contenían un whisky barato y un agua mineral, alguna veces nos preguntábamos sobre el motivo para tomar esa mierda y pensábamos que era parte del look de rudo más que por alguna razón de más peso.

Como ya se había vuelto una costumbre llegó quejándose de su actual pareja, elaboró una diatriba en contra de ella sobre la incapacidad que tenía de desarrollar algún tipo de empatía con el proyecto de vida que él había elegido y que consistía en ser una especie de vago de medio tiempo, no entendía como era posible que la mujer no estuviera dando de saltos de felicidad o yéndose de rodillas a la catedral a agradecerle a la virgen el favor de haberla bendecido con un novio así. Nostalgia por las cajas de cartón para refrigerador.

Mientras él discursaba nosotros seguíamos bebiendo las muchas cervezas que habíamos conseguido para la ocasión, así que nos limitamos a oírlo y de cuando en cuando con un intercambio de miradas o algún gesto dejábamos alguna constancia de lo estúpido del argumento en cuestión. Melesio bebía mientras hablaba.

La cosa estaba así: Melesio se levantaba tarde, se iba al boliche, la tienda cerraba cosa de once de la noche, esto del boliche inicia con la operación fuerte después de que los oficinistas que tienen sus ligas de competencia.  Salen de trabajar, van a sus casas, se alimentan y se trasladan a jugar. Después de que cerraba la tienda buscaba a alguna persona con quien ponerse hasta la madre digamos hasta las tres de la madrugada y después ir a su casa, o en su defecto hacer un plan de un par de días para irse “a rodar” por algunos de los caminos de la región.

Melesio pensaba que su novia debería tener algún tipo de placer como el que tiene las gruppies por verlo llegar ebrio cada noche y siendo como era.

Pues no pudimos hablar de nada más, les he comentado que la elocuencia no era precisamente una virtud con la que él contaba, a tal punto que ya prácticamente estábamos cabeceando, mitad por el efecto de las stouts que habíamos bebido y mitad por lo soporífera de su conversación.

-Ya me voy, voy por unos tacos y me retiro, espeté.

El Ruso me dijo que él también quería cenar, cuando Melesio nos comenta que él también quería ir, caímos en cuenta que estaba totalmente briago. Abordamos mi carro y nos dirigimos a los tacos. El Ruso vivía muy, muy cerca de algo que podríamos denominar un distrito taquero, una avenida en la que en unos 500 metros había unas 10 taquerías de muy decente calidad.

Melesio insistía en ir a ciertos tacos por más económicos, y nosotros en ir a otros que eran más de nuestro agrado. Nos dividimos. Cenamos y al haberse ausentado Melesio retomamos un poco la algarabía previa de su llegada, rescatamos de la hielera algunas cervezas que habían sobrado y conversamos un largo rato aún.

A la hora de retirarnos y pagar la cuenta caímos en cuenta que no había aparecido Melesio, yo supuse que estaba en el baño no sé por qué, lo fui a buscar y nada. El Ruso pensaba que estaba en otra taquería y nos encaminamos. Para llegar a ésta había que pasar por el carro, volteo a verlo y me doy cuenta que la puerta trasera está abierta, harto ya de la situación con Melesio me dirijo a cerrarla diciendo maldiciones entre dientes.

-Hijo de la chingada no puede hacer una puta sola cosa bien, siempre la está cagando, son chingaderas.

Al irme acercando alcanzo a distinguir un gran, -descomunal sería más elocuente-, charco de vomitada y veo que la mitad del cuerpo de Melesio pende hacia afuera del carro, mientras que la otra mitad está adentro. O sea que nunca fue a cenar, cuando se intentó bajar se mareó y solo alcanzó a abrir la puerta para vomitar. Como puedo brinco el charco de vomitada y lo aviento hacia adentro del carro para cerrar la puerta, ya con maneras francamente rudas, es decir, cuando lo aviento hacia adentro del carro se golpea la cabeza con la otra puerta que estaba cerrada.

El Ruso sube al carro y nos ponemos en marcha, vamos comentando sobre la articulada cadena de sucesos pendejos en los que siempre termina metido Melesio, cuando interrumpiendo, cuestiono severamente al Ruso acerca de si se acaba de echar un pedo realmente fétido. Él lo niega rotundamente y yo insisto en que huele a mierda, es en ese momento cuando me doy cuenta de lo que acaba de pasar.

-¡Melesio!, ¡Melesio!, ¿te cagaste?, ¡Melesio!, ¡Melesio!, ¿te cagaste?

Se medio incorpora Melesio y con la cabeza hace un gesto afirmativo; la cara del Ruso es para enmarcar, un asombro como el que seguramente puso aquel hombre que vio por primera vez el fuego, esto era nuevo, otro nivel de degradación, de decadencia personal. Yo ya estaba de bastante mal humor antes de saber que traía un hombre zurrado en mi asiento trasero, así que comienzo a despotricar en algún tipo de monólogo, más por catarsis que por otra cosa, hasta que llegamos a casa de el Ruso.

-¿Ahora qué?, comenta El Ruso
-Ahora es tú problema, este pendejo esta en nuestras vidas por tu culpa, tú te arreglas con el cagado.

Bajo del carro, doy la vuelta hacia la puerta trasera que está detrás del asiento del copiloto y en un par de movimientos lo bajo del carro y lanzo al suelo, justo afuera de la casa del Ruso, subo a mi carro y emprendo la retirada.

El Ruso como puede lo mete a la cochera y se mete a despertar a su novia para compartirle que Melesio se acababa de cagar encima. Melesio tenía la peculiaridad que se hacía odiar por cualquiera de nuestras parejas, no había una sola mujer en nuestro grupo que no lo odiara con odio jarocho, como decía el clásico. Toma entonces una camisa y un pantalón para prestárselos y darle fin al evento de la zurrada, pero no pudo ser.

Melesio un poco mas recuperado después de vomitar, zurrar y dormir le hace ver al Ruso que no puede llegar a su casa con otra ropa, después de los problemones que tiene con su pareja, que por favor lo dejara asearse y prefería irse con la ropa mojada, total con el viento pegándole de frente en la motocicleta y el calor que hacía era muy probable que llegara seco. El Ruso accede.

El Ruso comienza como quien dice a hacerse pendejo, a dejar pasar el tiempo en lo que Melesio se va por fin de su casa. Escucha el agua de la regadera correr, pasan veinte minutos, pasan otros veinte.

-¡Melesio!, ¡Melesio!, ¿estás bien, güey?, ¡Melesio!

Va a buscar las llaves de la casa en las que se encontraba la llave del baño, las localiza y se dirige a abrir. Se acuerdan de la cara que puso ante la confesión de que se había cagado, se queda corta ante lo que ve. Abre la puerta y ve a un hombre encuerado, de rodillas, con el culo apuntando hacia donde él está de pie, tallando su ropa a mano en el piso de la regadera, a la vez voltea a las paredes y techo del baño y se da cuenta que hay cagada por todos lados, los vigorosos movimientos que hizo al tallar su ropa hicieron que la mierda saliera disparada en todas direcciones.

-¡Melesio!, ¡su puta madre Melesio!, ¡vístete y vete ya!, ¡ya cabrón!, ¡ahorita!

Cierra con un movimiento brusco la puerta para darle la privacidad necesaria para que se vistiera, entonces sale un Melesio medio borracho, empapado, escurriendo y mojando todo a su paso, El Ruso le abre a puerta, lo escolta hasta la calle. Antes de encender su moto, Melesio esgrime un tipo de súplica acerca de que mantenga lo sucedido en privado, en secreto. El Ruso no sólo se niega, sino que le hace ver que será su venganza, él se iba a quedar limpiando el baño lleno de mierda, no había manera de que no tuviera consecuencias esta afrenta.

Melesio enciende su moto, hace el escándalo que lo caracterizaba y parte rumbo a su casa, el Ruso lo ve partir, se va perdiendo la figura de Melesio en el horizonte, muy probablemente en algún semáforo alguien que hizo el alto y lo vio y se habrá preguntado que hacía un cabrón empapado arriba de una moto a esa hora de la madrugada. 

¿Cómo es posible que un hombre haga esfuerzos tan frenéticos por ser aceptado, por destacar, por ser cool, y cada día se convierta en alguien más nefasto, mas indeseable? Necesidad de aceptación y falta de juicio combinadas.

Melesio, el hombre que quería ser cool, terminó una madrugada de verano con los pantalones cagados porque no pudo controlar su esfínter anal. Nunca llegó a ser cool.

*Los nombres y algunas circunstancias fueron modificadas para proteger la identidad y privacidad de los involucrados
**Las ideas contenidas en este texto son responsabilidad de su autor y no reflejan la postura de News Report MX

Gabriel Zamora Paz (@DrGabboes Psicólogo por la UABC, Maestro en epistemología y doctor en Psicoanálisis Lacaniano.

Gabriel Zamora Paz

Cuenta con 20 años dedicado a la actividad clínica como psicoterapeuta primero, cómo psicoanalista desde hace 6 años y trabajó 6 años como académico en la UPN.

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