25 de julio de 2021

Por Omar Jesús Gómez Graterol

El danés Hans Christian Andersen, allá por el año de 1837, hizo famoso el cuento “El traje nuevo del emperador». Dicho relato narra como un vanidoso rey es engañado por unos sastres charlatanes quienes le ofrecen confeccionar un vestuario que tenía la cualidad de que sólo podía ser visto por personas inteligentes y los estúpidos no serían capaces de ver la inexistente ropa.

Ni el soberano ni sus seguidores se atrevieron a “no ver” la vestimenta por temor a ser señalados como idiotas y cuando sale a lucirlo frente a su pueblo, solo un niño pobre, inocente y de corta edad expresa sin malicia «¡El Rey está desnudo!».

Esto surte el efecto de una epifanía para todos, quienes comienzan a reírse del monarca, de modo que el mandatario se dio cuenta con vergüenza, que se había expuesto ante su pueblo, al más cruel ridículo.

Por siglos, místicos, religiosos, filósofos, científicos y estudiosos, entre otros, han intentado develar los fenómenos subyacentes a las apariencias para conocer cómo se construye la realidad, con el propósito de determinar leyes o las causas últimas que determinan el objeto de su atención y sus manifestaciones.

En tal sentido, nos hemos hecho conscientes de que solo nuestros sentidos no son suficientes para comprender y captar toda la diversidad de situaciones que experimentamos o que nos rodean (y de las cuales no estamos ni siquiera conscientes en algunos casos).

Por ello, instrumentos como el “Método Científico” han sido recursos que han ayudado a la humanidad a avanzar a pasos agigantados iluminando la razón humana y el cúmulo de cocimientos que por centurias se han ido generando.  De hecho, en muchos aspectos del saber se ha logrado depurar lo que “se supone y parece que es” de “lo que es” apartándonos de supersticiones que mantenían en el oscurantismo a gran parte de la población mundial.

Estos procesos han tenido sus defectos y virtudes con períodos de avance y atrasos, errores y aciertos, ralentización y aceleración, aceptación o resistencia, pero en general se puede hacer un balance positivo de los resultados obtenidos hasta ahora.

Por ello, no es sencillo entender que, en el presente, están ocurriendo algunos hechos que en otros tiempos simplemente se observarían como insólitos. Pareciese que lo que se busca es que los estudios y reflexiones contemporáneas no necesariamente lleguen a verdades o a la comprensión de la realidad, por muy feas o desagradables que resulten, sino más bien que las investigaciones se ajusten y justifiquen resultados que ya estaban preconcebidos o previamente elaborados según intereses de algunos sectores o grupos, y por ello aludimos a construcciones sociales. 

Asimismo, da la impresión de que nos están condicionando a percibir cosas que carecen de sustancia y/o fundamentos. Lo indicado con el agravante de que si no te acoplas a estos “avances” se te cataloga con una serie de epítetos entre los cuales retrógrado vendría a ser el menos ofensivo.

Hace poco se pudo observar, en un video, la discusión entre una persona transgénero y una persona heterosexual que se oponía a las tesis LGBTTQ.  Más allá de señalar quien tenía la razón, o no, hay algo que rescatar en este debate.  La que vestía como mujer exigía que se le respetara su derecho a ser percibida y tratada como ella se sentía.  Sin embargo, la parte contraria defendía su derecho a no permitir que se forzara a apreciar al otro de acuerdo a como éste demandaba, cuando evidentes rasgos de su anatomía contradecían su identidad de género.

Cabe peguntarse entonces ¿por qué como especie siempre tendemos a complejizar las cosas? No es fácil, de por sí, discernir la realidad o la verdad y ahora estamos eligiendo opciones que en vez de ayudarnos a profundizar en los fenómenos que nos rodean nos alejan de la esencia de los mismos, para impulsarnos a vivir en un mundo ficticio, con la sensación de satisfacción en algo que no existe.

Una persona es libre de vivir en consonancia a lo que siente y por supuesto, ser respetada.  Pero el mismo respeto que demanda para sí, debe ofrecerlo al otro que difiere de su autoapreciación y auto percepción.

Creo que estamos llegando a un punto en que queremos no buscar la verdad ni la realidad sino complacencias para que todos nos sintamos “incluidos” en la sociedad sin ser “discriminados”.  Y esto precisamente va a tener un efecto contrario a lo que se aspira porque estamos perdiendo muchos referentes que nos posibilitan aproximarnos y conectarnos a todos de formas racionales.

Cada persona tiene un mundo subjetivo al que es imposible que accedan todos y en el que solo pueden penetrar determinada cantidad de individuos solo con el consentimiento de ésta. Pero, por rica y fascinante que sea ésta interioridad, insisto no es accesible para todos.  Por ello, hay una realidad fuera de ella, con códigos, símbolos y referencias que nos permite convivir unos con otros.

Si comenzamos a obviar estos rasgos y guías que -aunque no queramos percibirlos- están allí y nos empezamos a conducir solo por autopercepción y lo que exclusivamente sientan las personas acerca de sí mismas, se llevará a gran confusión.

Terminaremos en individualidades excluyentes y en desencuentros que ya no posibilitarán una coexistencia adecuada. Produce inquietud que estos comportamientos estén siendo justificados bajo premisas de dudosos fundamentos, por autoridades políticas, legislaciones o diferentes grupos de interés.  Y en este punto debemos hacer una pausa e identificar sobre que es ciertamente lo que se quiere, se tiene o se debe discutir.

Si continuamos por esa vía vamos terminar haciéndonos más daño como sociedad.

¿Qué pasaría si yo decido que soy un águila? Supongo que también se debe respetar mi derecho a vivir como esta criatura e incluso la posibilidad de que yo elija volar como esta majestuosa ave.

¿Qué sucedería si decido alzar vuelo imitando al pájaro y me lance desde la punta más elevada de una montaña al vacío?  Si me estrello contra el piso: ¿será la naturaleza una retrograda y desalmada porque no quiso aceptarme como yo me sentía? ¿Tendrá  problemas la naturaleza por no acoplarse a mi definición acerca de mí mismo? ¿Será la naturaleza intolerante, prejuiciosa e insensible?

Hay cosas que, queramos o no, nos definen y no podemos cambiar por mucho que nos desagraden. Por ello en la actualidad hay grandes retos para los profesionales de las ciencias humanísticas, para quienes tienen la responsabilidad de conducir u orientar a las masas y para la población en general.

Queremos pertenecer a sociedades tolerantes pero la ficción no nos va a ayudar. Es necesario evitar ilusiones que más adelante solo traerán decepciones. Hay cosas que modificar pero el autoengaño no contribuirá para nada a solucionar ningún tipo de problema: se requiere conservar un equilibrio bio-psico-social en el individuo dándoles a cada aspecto su justa dimensión.

No esperemos a que un niño tenga que recordarnos lo obvio, señalándonos, -como al Rey-,  porque asumimos situaciones que no han existido, no existen y no ni existirán.

*Las ideas contenidas en este texto son responsabilidad de su autor y no reflejan la postura de News Report MX

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