3 de diciembre de 2020
Historias de histeria en la posmodernidad

Historias de histeria en la posmodernidad

Aprovecho como siempre la oportunidad para saludarle y desearle que tenga salud física y -por supuesto- salud mental. La semana pasada inauguramos esta serie nueva que habla de la histeria, de sus manifestaciones, de ese “fenómeno de la cosa” en el que. tratándose de la salud de las emociones, rara vez coincide lo que vemos, con lo que es; la percepción a priori y a posteriori.

AQUÍ PUEDES LEER LA PRIMERA PARTE

Continuamos….

La cada vez mas tácita agresividad de Rubén se manifestaba a la menor provocación, básicamente cualquier negativa a alguna de sus peticiones desembocaba en un peligroso arrebato de furia; no pocas veces fue visto en alguna avenida de la ciudad empuñando un arma y retando a algún desconocido con el que había tenido un incidente vial.

Su esposa y su hijo identificaban los exabruptos de Rubén más como un vulgar pancho que como una situación en la que realmente él estuviera en la situación de desear matar a algún hombre.

Por ejemplo, antes de que la pistola habitara abajo del asiento del conductor, bajaba del auto y, con gritos y frases prepotentes, lograba el mismo resultado que posteriormente conseguía con la pistola, que sus oponentes de turno le temieran, y según su familia, lucirse enfrente de ellos como un hombre peligroso, aunque no hay nadie que jamás lo hubiese visto soltar al menos un puñetazo.

Claramente se trataba de hacer ruido.

Paradójicamente en el ámbito laboral era un hombre de fino trato y elegantes maneras, acostumbrado a moverse en cierto círculo, vestía impecablemente y su conducción personal hacia todos era inmejorable; los abogados que trabajaban para él eran más jóvenes y lo veían como un modelo a seguir, un mentor en muchos niveles. Bien dicen que caras vemos…

Llegaba casi siempre del trabajo al caer la tarde, un hombre sin vicios, más bien hogareño; en el fondo siempre hacía el intento de ser buena persona con su familia, el problema es que muchas veces no lo lograba y se iba para el otro extremo, pero por buenas intenciones no paraba.

Podía llegar con la intención de ver algo en televisión, todos en familia, o simplemente se ponía a jugar videojuegos con su hijo; parece que lo que verdaderamente lo desestructuraba era el no sentir la aceptación incondicional, ciega, por parte de su familia.

Por ejemplo, le proponía a su hijo ir al super por mandado, pero como el menor sabía que existía una alta probabilidad de que terminara insultando a alguna persona, mejor inventaba que tenía tarea o que estaba esperando una llamada para ponerse de acuerdo en un trabajo de equipo.

Rubén se daba cuenta que lo que sucedía es que SU PROPIO HIJO LO ESTABA EVITANDO. Así como usted lo está leyendo sucedía en su cabeza, con mayúsculas, itálicas y negritas al mismo tiempo. Se comenzaba a gestar el drama, elaboraba un discurso largo, azotado, chantajista en el que en un tipo de regaño/manipulación hacía sentir mal a su hijo por no valorarlo.

El discurso podía tomar el rumbo de algún niño huérfano o bien la confrontación con el clásico “ya me estás hartando, escuincle mimado”, y entonces una tarde tranquila de videojuegos terminaba con Rubén y su hijo a toda velocidad yendo hacia el super mas cercano a insultar a alguna persona para demostrar que estaba muy enojado.

La hecatombe para Rubén ocurrió una noche que difícilmente va a olvidar, porque finalmente fue la ocasión en que sus dos personalidades, la laboral y la familiar, lo que se ve y lo que es, lo a priori y posteriori, no pudieron nunca mas existir en dos universos separados.

Rubén tenía la costumbre de cambiarle a Ruth el auto cada dos años, tenían el hábito de que en cierto rango de precio ella le decía cuál quería en cada ocasión. Ruth escogía como regla una SUV y esta vez no iba a ser la excepción, sólo que hubo un pequeño detalle…

No sé si recuerden que hace unos años, por alguna razón comercial, ciertos autos y ciertas camionetas salieron en colores un poco chillantes, naranja y amarillo principalmente. El caso es que a Ruth se le hacían feísimos esos colores, y le dijo literalmente a su esposo: por favor, no naranja, no amarillo, de ser así prefiero conservar mi camioneta actual que todavía está en muy buen estado.

Por supuesto que Rubén lo que hizo fue comprar una camioneta naranja, con una franjas negras.

Si somos justos con lo que Ruth pensaba de ese modelo de camioneta en particular, debemos aceptar que sí parecía una gran calabaza, podría ser la sensación en Halloween, pero el resto del año no tanto.

Rubén llegó a casa y, siendo él como es, tuvo que hacer un pequeño performance; le puso una venda en los ojos a su esposa, la guió hasta el garage, le quitó la venda y “voilà”, una camioneta naranja.

Ruth puso una cara de decepción y le dijo que no la quería, que prefería conservar su camioneta actual.

Rubén la fue persiguiendo con el discurso que ya para esas alturas estaba un poco choteado de “eres una malagradecida, cuantas esposas quisieran tener un esposo como yo, te estoy dando un carro del año y mira como reaccionas, pero yo tengo la culpa por consentirte tanto…» (imagine usted un reproche que sea un cliché e insértelo aquí y le aseguro que si lo dijo)

Porque una vez que empezaba, no se callaba la boca hasta que se cansaba o hacía una barrabasada, como esos niños que están llorando, haciendo berrinche y se callan cuando se cansan.

El asunto aquí es que Ruth estaba bastante molesta por toda la situación y lo dejó hablando solo. Rubén se dio la media vuelta, fue hacia su auto, sacó la pistola, apuntó al aire y la detonó; vació todo el cargador.

Ruth salió de la casa con su hijo y -sin mirar a Rubén- se subió a su carro (al “viejo”) y se fue rumbo a casa de la familia de su mamá; sabía que allá estaría segura y su hijo también.

Ya ofuscado, Rubén salió de su casa con la pistola en la mano, sin balas, hasta que se dio cuenta que estaba rodeado de policías que le estaban ordenando que soltara el arma y levantara las manos.

Lo trasladaron a la delegación, había un par de reporteros de nota roja que se dieron vuelo con la situación. “Traía la pistola en la mano el Lic”, decía uno de los tantos folclóricos encabezados.

La nota anduvo dando vueltas un par de días. El disfraz de hombre fino y de buenas maneras se esfumó para pasar a ser el barbaján armado que disparó en su casa.

Aunque intentó reconciliarse con su esposa, su estructura de la personalidad siempre se quebraba a mitad del intento.

“Ya te gustó traerme de tu tonto, todavía de que te ando rogando, deberías de valorar el esfuerzo que hago por nuestro matrimonio”.

Al final se separaron; Ruth conservó su camioneta y Rubén devolvió la naranja para cambiarla por un coche negro para él.

*Los nombres de las personas, algunos detalles y circunstancias fueron modificadas para proteger la identidad de los involucrados.

*Las ideas contenidas en este texto son responsabilidad de su autor y no reflejan la postura de News Report MX

Gabriel Zamora Paz es Psicólogo por la UABC, Maestro en epistemología y doctor en Psicoanálisis Lacaniano.

Cuenta con 20 años dedicado a la actividad clínica como psicoterapeuta primero, cómo psicoanalista desde hace 6 años y trabajó 6 años como académico en la UPN.

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